El Tema 8

El tema 8 es como el primer amor: no se olvida nunca.

«¡Son noventa los días que te quedan!»

No anda la ópera española muy sobrada de títulos consolidados en el repertorio a lo largo de su historia. Quizá Marina de Emilio Arrieta (más asentada en su primera versión de zarzuela), quizá La Dolores de Tomás Bretón (un islote aislado sin apenas continuidad), quizá La dueña de Roberto Gerhard (aunque compuesta durante su exilio en Cambridge…y encima escrita en inglés), quizá Juan José de Pablo Sorozábal (aparatosamente cancelado su estreno en dos ocasiones, en 1979 y en 1989, por desavenencias e injerencias políticas denunciadas por el autor), quizá alguna aportación al género de Luis de Pablo o Cristóbal Halffter…Escueto y discutible bagaje, en definitiva, para sacar pecho. Por eso hay que agradecer al Teatro Real, justamente premiado estos días por los International Opera Awards, que nos haya exhumado en versión de concierto esta ópera histórica de Valentín de Zubiaurre, compuesta en 1869 y que ya había sido representada en este mismo coliseo un lejano 5 de abril de 1874. Aunque, conviene adelantarlo, Don Fernando, «el Emplazado» no va a ampliar la relación de elegidos teatro musical español.

Valentín Mª de Zubiaurre, retrato pintado por su hijo Valentín de Zubiaurre

Emilio Fernández, en su tesis sobre la ópera española de la segunda mitad del siglo XIX, sostiene que a partir de la inauguración del Liceo barcelonés (1847) y del Teatro Real madrileño (1850, rebautizado como Teatro Nacional de Ópera tras la Revolución Gloriosa de 1868), el gremio musical español empezó a manifestar la necesidad histórica de crear una ópera nacional liberada de las ataduras que el teatro musical español tenía con la ópera italiana y que eran complicadas de deshacer. El proceso lo habían iniciado Hilarión Eslava (1807-1878) y Joaquín Gaztambide (1822-1870) que, capitaneando la corriente «europeísta», excluía de sus planteamientos los elementos genuinamente españoles y tomaba como modelo lo que Carl-Maria von Weber había hecho en Alemania (El cazador furtivoOberon, con elementos fantásticos) o lo que venía de Francia (la Grand Opéra de Auber, Meyerbeer, Halévy o del último Rossini, el de Guillermo Tell, partiendo de argumentos históricos). Frente a ellos se encontraba la otra corriente, llamada «nacional», cuyo máximo representante era Emilio Arrieta (1821-1894) que abogaba por no desterrar la tradición italiana sino fusionarla con la zarzuela española, en boga por aquellos años tras la inauguración en 1856 del Teatro de La Zarzuela. Fruto de estos debates, una comisión de compositores elevó a las Cortes una petición de subvención para representar en el Teatro Real una selección de óperas españolas. A tal efecto se convocó en 1867 el Certamen de Ópera Española, una de cuyas ganadoras fue Don Fernando, «el Emplazado» de Valentín Mª de Zubiaurre (Garay, 1837-Madrid, 1914), cuyo premio publicado en 1869 incluía el derecho a ser estrenada en el Teatro Alhambra de la calle Libertad, en pleno barrio madrileño de Chueca, lo cual se llevó a cabo el 12 de mayo de 1871. Zubiaurre, discípulo de Eslava, siguió las tesis de su maestro y se inclinó para su candidatura por una truculenta trama histórica al estilo francés que se desarrolla en escenarios impactantes al modo alemán: en Don Fernando, «el Emplazado» hay conspiraciones, cárceles, ejecuciones y elementos sobrenaturales (es una lástima que no pudiéramos disfrutar de los movimientos y efectos escénicos, al programarse sólo en versión de concierto, que hubiera añadido valor y atractivo a la ópera). Pero alemán pre-wagneriano: según las notas al programa de Álvaro Torrente, musicólogo del Instituto Complutense de Ciencias Musicales, Zubiaurre consideraba a Wagner «como un Churriguera músico, o como una excentricidad artística, pero cuyos extravíos han sido hasta cierto punto útiles al arte».

Valentín de Zubiaurre, realizó otras dos aportaciones al género operístico: Luis de Camões (1864), sobre el célebre poeta portugués y con trama igualmente histórica y Ledia (1873), que también tuvo el honor de ser estrenada en el Teatro Real, de temática vasca y con inclusión de folclore musical de la zona. No hay que olvidar que Zubiaurre fue padre de una saga de conocidos pintores (Valentín y Ramón) especializados en plasmar gentes y ambientes de Vizcaya. Tras una gira de dos años por Europa para empaparse de la situación de la ópera en otros países del entorno, Zubiaurre parecía tener clara cuál era la solución al problema de la ópera nacional española: «Que en cada año se establezca una temporada de ópera española en el Teatro Real, alternando con otras óperas traducidas al español, mientras no tengamos el suficiente número de óperas escritas en nuestro propio idioma». Desgraciadamente Zubiaurre abandonó a partir de 1875 el género operístico y prefirió dedicarse hasta su muerte a la enseñanza musical en el Conservatorio de Madrid como profesor y como segundo maestro de la Capilla Real (el primero era su maestro Hilarión Eslava), histórica institución ligada a la monarquía española encargada de musicalizar todas las celebraciones litúrgicas desarrolladas en los Sitios Reales y centrarse más en la producción coral. Dos décadas más tarde, en 1895, el empeño utópico se cierra con La Dolores de Tomás Bretón (1850-1923). En las fechas de su estreno el compositor salmantino coincidía con Zubiaurre contra quién debía luchar la ópera española si quería volar libre: “Mi propósito es contribuir en la medida de mis fuerzas a echar a los italianos, arrojados ya de la mayor parte de Europa. Seguramente no lo lograré, pero con el transcurso del tiempo esto, que yo persigo solo hoy, será el propósito de muchos, y entonces su triunfo no admitirá duda”.

Antonio Gisbert: María de Molina presenta a su hijo Fernando IV en las Cortes de Valladolid de 1295 (1862).

La historia de Don Fernando, «el Emplazado», a camino entre la realidad y la leyenda, nos traslada al periodo de luchas intestinas entre reinos españoles con el trasfondo de la Reconquista: es 1312 y Fernando IV, rey de Castilla desde 1295 cuando contaba nueve años de edad, nieto de Alfonso X «el Sabio», hijo de María de Molina y conquistador de Gibraltar, es emplazado a comparecer ante un juicio de Dios en un plazo de treinta días por dos caballeros de la Orden de Calatrava, los hermanos Juan y Pedro de Carvajal, condenados a muerte acusados, al parecer injustamente, de haber asesinado al valido del rey Fernando. El joven rey, justo transcurrido ese plazo de treinta días desde la sentencia, muere inesperadamente en circunstancias no aclaradas (¿tuberculosis, infarto, embolia, apendicitis, trombosis coronaria?) a la edad de veintiséis años, cerca de la Peña de Martos (Jaén), desde cuyo precipicio habían sido despeñados los dos acusados encerrados en una jaula de hierro con púas afiladas en su interior. La trama de la ópera, que incorpora elementos románticos y novelescos, se desarrolla en tres actos: en el primero Fernando IV, celoso de que la noble Estrella esté enamorada de Pedro de Carvajal y no de él, le arresta junto a su hermano Juan y les condena a muerte; en el segundo acto se lleva a cabo la terrible ejecución de los Carvajales, aunque Pedro y Estrella se han casado antes en secreto, y se lanza la maldición y el emplazamiento por parte de los hermanos; en el tercer acto el rey convalece de una desconocida enfermedad y trata de reconciliarse inútilmente con Estrella antes de morir en presencia de Pedro de Carvajal, cuyo espectro aparece para recordarle a Don Fernando que le ha vencido el plazo.

El libreto de la ópera da una vuelta de tuerca a la historia y se apunta a la moda de la hispanofobia y viene a constatar que las propias élites españolas de los siglos XVIII y XIX interiorizaron la fracasología (delirante proceso de autodestrucción y auto-odio nunca visto en otros países pero que ha calado eficazmente en la consideración negativa y derrotista de ciertos españoles hacia su propia historia y sus monarcas, sobre todo a partir del cambio de dinastía reinante en España con la llegada de los Borbones y los afrancesados). Lo que resulta aún más sangrante teniendo en cuenta que el libreto no parte de una obra foránea, sino del drama romántico de Bretón de los Herreros del mismo título estrenado en 1837 y que, para un certamen que pretende marcar en el año 1869 las líneas maestras de una ópera nacional española se escoge y premia una obra en la que un rey de Castilla de la Edad Media (no es un Austria, pero se le despelleja igual) es tildado literalmente como villano, tirano, conspirador y monstruo. Y esto enlaza con el pecado que venía de origen en Don Fernando, «el Emplazado»: pese a su adscripción «europeísta», una larga sombra italianizante estigmatiza la ópera de Zubiaurre desde su misma concepción literaria: el libreto estaba siendo originalmente escrito en italiano por Giulio Pullé (con el seudónimo de Riccardo di Castelvecchio) y Ernesto Palermi, con oficio pero también con todos los clichés de décadas de imposición de lo que venía de Italia. Para poder participar en el concurso de 1867, Zubiaurre aprovechó el resquicio de las condiciones del certamen y encargó la traducción del libreto del italiano al español a los autores Ángel Mondéjar, Evaristo Silio y Mariano Capdepón. Difícilmente podía Zubiaurre pretender dar lecciones de por dónde debía caminar la ópera española jugando con las cartas marcadas. Para más inri, la versión de Don Fernando, «el Emplazado» que tras su estreno en el Teatro Alhambra subió a la escena del Teatro Real fue la original en italiano, interpretada por uno de los tenores del momento, el romano Enrico Tamberlick (1820-1889).

José Casado del Alisal: Los últimos momentos de don Fernando IV, el Emplazado (1856).

Ya desde el mismo preludio parece que asistamos a las truculentas intrigas del Compromiso de Caspe (1412) en las que, vía Antonio García Gutiérrez, Giuseppe Verdi se basó para Il trovatore de 1853. La distribución de los personajes de Don Fernando, «el Emplazado» recuerda mucho a la de la ópera verdiana: un villano (rey Fernando IVConde de Luna) que está enamorado de una heroína (Estrella Leonora) que al que quiere es al héroe (Manrico Pedro de Carvajal). Musicalmente los ejemplos de la subordinación de Zubiaurre a la ópera italiana en general y a Verdi en particular son incontables: aparte de Il trovatoreun accento proferisti» le reprocha Fernando a Estrella «che a morir lo condannò!» a Don Pedro), hay referencias a Ernani (el coro «Si ridesti il Leon de Castiglia»), Rigoletto (la maldición de Monterone y los diálogos entre el coro de cortesanos y el bufón), Simon Boccanegra (la lectura de la sentencia a cargo del pregonero), Don Carlos (el lamento del Fernando IV del último acto a la manera del «Ella giammai m’amò…!» de Felipe II). Y también encontramos en Don Fernando, «el Emplazado» el rastro de otro consagrado compositor italiano como Donizetti en los grandes finales concertantes del primer y segundo acto donde, a la manera del célebre sexteto de Lucia di Lamermoor (1835) y en palabras de Álvaro Torrente, «confluyen todos los participantes, en una compleja construcción coral de enorme intensidad dramática donde hasta ocho personajes o grupos tienen textos y materiales musicales propios y diferenciados del resto: la esperanza truncada de don Pedro, la serenidad y compasión de don Juan hacia su hermano, el consuelo de los frailes para preparar el alma de los reos, Estrella y el pueblo denunciando la crueldad del rey, la firmeza de los soldados que protegen al monarca, el terror de don Fernando por la maldición (como curiosidad y caprichosa casualidad, en la función del 17 de mayo, tras la maldición y el emplazamiento a cargo de Juan de Carvajal, un demudado y pálido Damián del Castillo que interpretaba al rey Don Fernando tuvo que abandonar el escenario a la finalización del segundo acto por indisposición, siendo sustituido para el tercer acto por Gerardo Bullón) y el apoyo de Rodrigo». Como única referencia a música española en toda la ópera se puede señalar el coro de campesinos del segundo acto previo a la ejecución, con un despreocupado y distendido aire de mazurca con aroma a zarzuela.

En definitiva, poco ejemplo dio Valentín de Zubiaurre con Don Fernando, «el Emplazado», incapaz de desprenderse de las ataduras y servidumbres de la ópera italiana, de lo que había que hacer para construir una auténtica ópera nacional española. No parece que corrieran mejor suerte las otras obras que fueron premiadas en el concurso de 1867 (Una venganza, de los hermanos Álvarez Grajal y ¡Tierra!, de Antonio Llanos, todos ellos ilustres desconocidos), que tampoco contribuyeron a la consolidación de una ópera genuinamente española, quedando todas ellas sepultadas en el más absoluto olvido. Sea en cualquier caso bienvenida esta obra que pudo marcar el devenir del género operístico español, pero que se quedó por el camino sin llegar a la meta. Y así seguimos los españoles, huérfanos de óperas españolas.

Rafael Valentín-Pastrana

@rvpastrana

Bibliografía:

– Álvaro Torrente: La belleza de la tempestad. Teatro Real. Madrid, 2021.

– Rafael Valentín-Pastrana: Mussolini en Chamberí; zarzuela y lucha de claseshttp://www.eltema8.com, 2020.

– Rafael Valentín-Pastrana: La “leyenda negra” en la ópera. www.eltema8.com, 2020.

– Rafael Valentín-Pastrana: «Farinelli»: una gran ópera española de un señor de Salamancahttp://www.eltema8.com, 2020.

– Rafael Valentín-Pastrana: ¿Existió alguna vez una auténtica ópera vasca?http://www.eltema8.com, 2019.

– Rafael Valentín-Pastrana: El sueño de la recuperación de la ópera española del siglo XIXhttp://www.eltema8.com, 2019.

– Emilio Fernández Álvarez: Emilio Serrano y el ideal de la ópera española (1850-1939). Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Geografía e Historia, Departamento de Musicología, 2016.

– Patricia Sojo: Libro de viaje del compositor Valentín Mª de Zubiaurre. Cuaderno nº21 de Música iberoamericana, 2011.

Nota 1: El título de este post es un guiño a una anécdota relatada por el musicólogo Emilio Fernández Álvarez que se produjo durante el estreno de Don Fernando, «el Emplazado» en relación con el fatídico emplazamiento de treinta días que los Carvajales dan a Fernando IV. En un momento de la ópera, uno de los hermanos condenados le recuerda al rey de Castilla: «Te quedan treinta días / de vida y de placer. / Treinta días. / Treinta días». Un espectador se levantó e interrumpió en voz alta: «¡Son noventa los días que te quedan!».

Nota 2: Las imágenes incluidas en este post de los conciertos y/o ensayos de Don Fernando, «el Emplazado» son © Teatro Real / Javier del Real. Madrid, 2021.

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