
El compositor francés Charles Gounod (1818-1893), que cultivó todos los géneros, debe toda su fama a dos de sus trece1 óperas: Faust (1859) y la que nos ocupa: Roméo et Juliette (1867), sobre el conocido mito de los amantes de Verona que William Shakespeare inmortalizó en 1597 y que adaptaron Jules Barbier y Michel Carre2 con un libreto en cinco actos. Los libretistas siguieron fielmente el original de Shakespeare sobre las disputas enconadas entre las familias Montesco (gibelinos, partidarios del emperador) y Capuleto (güelfos, papistas), ideando alguna escena nueva, como el casamiento furtivo entre Julieta y Romeo, así como la ceremonia preparatoria del matrimonio de Juliette con Pâris, que apenas habían sido sugeridas mediante elipsis por el escritor de Stratford-upon-Avon. La pasión de Gounod por el dramaturgo inglés se la habían inculcado Berlioz y los hermanos Mendelssohn -Felix y Fanny- con los que el francés había coincidido durante sus años de estudios musicales en la Academia de Roma3. El argumento de Roméo et Juliette es conocido de todos por la profusión de obras teatrales, cinematográficas (la de Franco Zefirelli cuenta con una soberbia banda sonora de Nino Rota) y, en lo musical, con magníficas aportaciones como oberturas (Tchaikovsky), sinfonías dramáticas (Berlioz), ballets (Prokofiev), música incidental (Darius Milhaud o Roberto Gerhard) y, por supuesto, otras óperas (Romeo de Manuel García, I Capuleti ed i Montecchi de Bellini, Giulietta e Romeo de Zandonai o Los amantes de Verona de Conrado del Campo, sin olvidar ese Romeo y Julieta neoyorkino que es West Side Story de Leonard Bernstein).

Gounod estrena su ópera en el parisino Théâtre Lyrique4 durante la Exposición Universal de 18675, en plenos años de la grandeur del Segundo Imperio de Napoleón III. La mazurca del primer acto (más propia «de una kermesse en París que de la Verona medieval», como señala Rafael Banús) o la polka del ballet del quinto son ejemplos del uso anacrónico pero eficaz que hace Gounod de los aires de danza que triunfaban en los salones de baile parisinos durante el imperio napoleónico. Este teatro, inaugurado en 1852, «sería el vehículo de algunos compositores genuinamente franceses, como Charles Gounod, para llevar a cabo una cierta restauración del género operístico francés, plagado de italianismos pero, en definitiva, independiente», como recuerda Roger Alier. El compositor se ocupó en retocar Romeo y Julieta casi hasta el final de su vida, con versiones en 1873 para la Opéra-Comique (reemplazando los diálogos hablados por recitativos) y en 1888 para la Opéra Garnier (añadiendo un ballet y una escena de conjunto). Precisamente por esa larga gestación, en Roméo et Juliette encontramos una combinación de estilos: del belcanto de Bellini y Donizetti a la Grand Opéra de Auber, Meyerbeer y Halévy, pasando por la insoslayable influencia de Wagner (su Tristán e Isolda se había estrenado sólo dos años antes, en 1865): la partitura se estructura en cinco actos siguiendo la tradición francesa del momento, pero la ópera se aleja de ella en la sutil orquestación, en la contención vocal alejada del virtuosismo efectista y en la construcción progresiva de la tensión dramática, con la utilización de temas recurrentes (a la manera wagneriana del leitmotiv, destacando los motivos del balcón, de la alondra y del destino) para potenciar su cohesión.

Pero «lo que le interesa a Gounod es, sobre todo, la tensión sentimental y la esfera interior y privada de los dos protagonistas. Por eso los encuentros entre Roméo y Juliette invaden la ópera, mucho más que el texto teatral, y por eso acaba componiendo Gounod nada menos que cuatro dúos de amor, algo sin precedentes en la ópera francesa e italiana de la época», como afirma Joan Matabosch y, en palabras de Cristina Roldán, «verdadero centro emocional de la partitura». La intimidad e intensidad sentimental de Romeo y Julieta también se puede comprobar en algunas de sus arias, como la cavatina «Ah! leve-toi, soleil!» para tenor o el aria de la poción para soprano, “Amour ranime mon courage”, que durante décadas estuvo inexplicablemente suprimida. El éxito acompañó a esta ópera desde su estreno (el Teatro Real la representó por primera vez en 1873, aunque cantada en italiano) y Gounod fue tanteado para componer la ópera que iba a inaugurar en 1871 la ópera de El Cairo, honor que finalmente recayó en la Aida de Verdi.

Roméo et Juliette no se había representado en versión escénica en el Teatro Real desde 1911, pero sí en el Teatro de La Zarzuela en 1987, precisamente con el inolvidable e insuperable Alfredo Kraus (1927-1999), a quien se dedican estas representaciones, en el papel de Romeo Montesco. Un papel que bordaba el tenor canario y que, como escribe Ricardo de Cala en el programa de mano, es «más que un recuerdo, una medida» de cómo encarar su rol. En coproducción con la Ópera Nacional de París, la presuntuosa dirección escénica de Thomas Jolly alterna errores y aciertos:

La orquesta, bajo la experimentada dirección de Carlo Rizzi, tuvo una de las mejores actuaciones de la temporada, meciendo a los amantes con sutilezas nocturnas, brillando en las escenas de masas y anticipando la tragedia que estaba por venir. El coro de José Luis Basso deslumbró desde su susurrante entrada para narrar la historia de las familias enfrentadas y alcanzó cotas de excelencia con el poderío imponente mostrado en la escena de boda frustrada entre Juliette y Pâris.
A la cabeza del reparto, Nadine Sierra (Juliette) fue la gran triunfadora de la velada, con una inolvidable interpretación que combinó el inocente entusiasmo por el primer amor con la aceptación del fatal destino, haciendo gala de principio a fin de madurez en lo vocal y seguridad en lo interpretativo. El entusiasmo del público motivó que en la última función tuviera que bisear su colosal aria de la poción, «Dieu! quel frisson court dans mes veines?», una escena que inevitablemente recuerda en su estructura y duración a las grandes arias de la locura belcantistas. Comparado con su despliegue, Javier Camarena comenzó desubicado y encogido, como acomplejado, pero se fue afianzando con el primer dúo de la conquista (el madrigal «Ange adorable»), hasta recuperar su plenitud vocal en el dúo del balcón («O nuit divine») del segundo acto. A la vuelta del descanso se le notó más fresco, brillante y seguro en la escena del casamiento clandestino, que corroboró en el pasional dúo («Va! Je t’ai pardonné») del cuarto acto (sobre el cual escribiría Charles Gounod en su correspondencia:«¡Me ha quemado, me quema! Los violines se apasionan, las caricias de Juliette, la ansiedad de Roméo, sus abrazos embriagados…»). Entre los secundarios, destacó Roberto Tagliavini (Fray Laurent) un bajo de poderosa, mordiente y tensa voz. Héloïse Mas, muy convincente y con soltura en la serenata de Stéphano (el atrevido paje de los Montesco interpretado por una soprano travestida). Laurent Naouri, de imponente presencia, superó con suficiencia vocal su papel de Capulet. Carles Pachon (Mercutio) se movió con exceso de contención y frialdad en la balada de la reina Mab y tampoco Maciej Kwasnikowski, muy tirante en los agudos, dejó un Tybalt para el recuerdo. Sonia Ganassi, David Lagares y Tomeu Bibiloni cumplieron con creces en sus respectivos papeles de la nodriza Gertrude, el Dux de Verona y el Conde Pâris.
Un notable producción, con algún sobresaliente en lo interpretativo, la de este Romeo y Julieta de Gounod. Una magnífica ópera que es todo un brindis a la muerte («Lo que mueve a nuestros amantes no es la realización de sus amores, sino la realización de su deseo: morir», como escribió Blas Matamoro), matizado por un inconfundible sentimiento cristiano-burgués (a los protagonistas, tras morir por amor, no se les ocurre otra cosa que pedir perdón a Dios. Si Shakespeare levantara la cabeza…», reflexiona Luis Gago). Aunque Gounod, como creador de un estilo romántico genuinamente francés, fue referente para compositores como Bizet, Massenet, Fauré, Debussy o Ravel, todavía en 1882 podía leerse en el Musical Standard londinense: «Monsieur Gounod probablemente piense que también su música es la música del futuro. ¿Dónde va a ir a parar la música? ¿Se halla en decadencia? ¿Se está echando a perder a toda velocidad? ¿Es acaso debido a que Gounod padece senilidad que sus principales características son el materialismo grosero y la grosería material?«. Lo que viene a constatar que a los críticos musicales no hay que hacerles mucho caso.

Notas a pie de página:
Bibliografía:
– José Luis Téllez: Romeo y Julieta. Teatro Real. Madrid, 2026.
– Joan Matabosch: ¡Cuatro dúos de amor, cuatro! Teatro Real. Madrid, 2026.
– Cristina Roldán: El amor más allá de la muerte. Teatro Real. Madrid, 2026.
– Ricardo de Cala: Alfredo Kraus en Roméo et Juliette. Teatro Real. Madrid, 2026.
– Rafael Valentín-Pastrana: Si me sepultan vivo en una pirámide, que sea sonando el dúo final de “Aida”. www.eltema8.com, 2022.
– Rafael Valentín-Pastrana: «Don Carlo» de Verdi o todos contra Felipe II: ¿imperiofobia…imperiofilia?. www.eltema8.com, 2019.
– Rafael Valentín-Pastrana: De «Fausto»… hasta el ballet. www.eltema8.com, 2018.
– Nicolas Slonimsky: Repertorio de vituperios musicales. Penguin Random House Grupo Editorial. Taurus. Madrid, 2016.
– Roberto Andrade: La sensualidad romántica. Teatro Lírico Nacional La Zarzuela. Madrid, 1987.
– Roger Alier: Peculiaridades de la ópera francesa. Teatro Lírico Nacional La Zarzuela. Madrid, 1987.
– Blas Matamoro: El amor y la muerte. Teatro Lírico Nacional La Zarzuela. Madrid, 1987.
– Rafael Banús: Charles Gounod. Teatro Lírico Nacional La Zarzuela. Madrid, 1987.
– Luis Carlos Gago: Amor contra el tiempo. Romeo y Julieta en música. Teatro Lírico Nacional La Zarzuela. Madrid, 1987.
– http://www.kareol.es/obras/romeoyjulieta/acto1.htm
Nota: Las imágenes incluidas en este post de la representación y ensayos de Roméo et Juliette / Romeo y Julieta son © Teatro Real / Javier del Real. Madrid, 2026.



