El Tema 8

El tema 8 es como el primer amor: no se olvida nunca.

Terezín: la música os hará libres

El Departamento de Música de la Fundación Juan March nos enfrenta durante los meses de febrero y marzo con una de las mayores y más horribles ignominias que el fanatismo ideológico y político perpetró durante el convulso siglo XX. El nuevo ciclo, titulado Terezín: componer bajo el terror gira en torno al campo de concentración de Terezín (en checo), también conocido por su nombre alemán, Theresienstadt (la “ciudad de Teresa”, fortaleza erigida en 1780 como guarnición militar por el emperador José II en homenaje a su madre) que el Tercer Reich estableció en el territorio del Protectorado de Bohemia y Moravia para tratar de vender sibilinamente al mundo que en sus dependencias, simulando una humanitaria filantropía, reunía a artistas de toda índole para protegerles de la guerra y que pudieran dedicarse libremente y con seguridad a sus facetas creativas. De hecho los nazis llegaron a organizar la visita de delegados de la Cruz Roja Internacional en junio de 1944 para que fueran testigos las bondades de ese campo “regalado por el Führer a los judíos”. Inexplicablemente, el plan funcionó y el recinto obtuvo el informe favorable de la respetada oenegé. Lo que animó a las SS a realizar un documental propagandístico en agosto y septiembre de ese año titulado Theresienstadt. Un documental sobre el asentamiento judío, que finalmente no llegaría a ser terminado ni exhibido por los derroteros que estaba adquiriendo para los alemanes la contienda. En palabras del musicólogo Jorge Fernández Guerra, “En Terezín los deportados eran, por lo general, una cierta élite: artistas, intelectuales, estudiosos, profesionales…En Terezín había una vida artística muy notable: conciertos, óperas, recitales…Terezín ha provocado ríos de tinta: un campo modelo para algunos, un gueto para los más, una operación de propaganda nazi para otros tantos. El hecho de haber estado en Terezín creaba incluso sentimiento de culpa en los internos, sabedores de las barbaridades del resto de los campos”. En cualquier caso, y como resume Ígor Contreras en las notas al programa de mano del ciclo de conciertos, “Terezín tiene el triste privilegio de haber sido el lugar más emblemático de la vida musical y cultural del sistema de campos de concentración nazi”. Todo había empezado en Múnich cuando en 1938 el Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores organizó una exposición titulada Entartete Musik (música degenerada) en la que, con la excusa de resultar vanguardistas y ajenos al arte del pueblo, se exhibían y ridiculizaban obras de compositores de ideología comunista y de ascendencia judía, poniéndoles en la diana para en un futuro depurarles por sus taras. Los señalados fueron muchos autores de territorios del Tercer Reich cuyas obras contaminaban la cultura alemana: Arnold Schönberg, Berthold Goldschmidt, Boris Blacher, Ernst Krenek, Hans Eisler, Frank Schreker, Erich-Wolfgang Korngold, Walter Braunfels, etc. Todos ellos se salvaron o escaparon, pero otros fueron confinados a partir de finales de 1941 entre los muros de este siniestro gueto con apariencia de oasis. Su denominador común, aparte de residir en zona ocupada checa, no era sino el pecado nefando para Hitler y el nacionalsocialismo: Viktor Ullmann (1898-1944), Hans Krása (1899-1944, el compositor que inaugura la serie en torno al campo de la muerte), Pavel Haas (1899-1944) o Gideon Klein (1919-1945) eran todos ellos judíos. Y todos ellos murieron gaseados en los campos de exterminio aledaños a Terezín: Auschwitz, Birkenau, Fürstengrube…Y es que, en el fondo, Terezín no era más que una estación de paso hacia el destino fatal que les esperaba a los confinados: la solución final. Se calcula que entre noviembre de 1941 y abril de 1945, alrededor de 140.000 judíos fueron deportados a Terezín: 33.000 murieron de hambre y enfermedades y 88.000 fueron enviados a los campos de la muerte. Sólo 16.000 prisioneros sobrevivieron, entre ellos el gran director de orquesta checo Karel Ančerl (1908-1973), de brillantísima trayectoria profesional posterior.El primero de los tres conciertos del ciclo organizado por la Fundación March estuvo dedicado a la ópera para niños Brundibár, compuesta en 1938 por Hans Krása a partir de unos textos de Adolf Hoffmeister (1902-1973, también de ascendencia judía, pero que logró salir del país). Escrita para un concurso del ministerio de educación, del que resultó vencedora, Brundibár que no llegó a estrenarse por los edictos antijudíos que prohibían representar estas obras en Checoslovaquia, se terminó programando clandestinamente en 1941. No en vano Brundibár puede considerarse una crítica temprana al Hitler anterior a la guerra, el de las anexiones territoriales: el personaje central que da título a la obra es un organillero que ocupa la plaza de localidad checa en la que viven los niños Aninka y Pepicek, que pretende monopolizar su actividad económica y que roba a los niños el dinero que se habían ganado legítimamente. Sin embargo a partir de septiembre de 1943, y ya en el gulag de Theresienstadt, la ópera de Krása, tanto en su versión de piano como para pequeño conjunto de cámara, alcanzó más de cincuenta representaciones (en ellas se caracterizaba al villano con un bigote que podía recordar al icónico de Hitler, como se puede apreciar en las escenas del documental de 1944) a cargo de niños judíos en ese macabro entorno. Sin embargo, el plan para el gulag era otro muy distinto al de esa impostada normalidad cultural: “los nazis, siguiendo un plan urdido de antemano, aislaron poco a poco a los judíos en las condiciones convenientes para su próxima solución final de la cuestión judía y que los notables judíos, engañados, entraron en el juego y quedaron presos en la trampa”, apunta el estudioso Lionel Richard.

Brundibár es una ópera infantil en dos actos con personajes humanos y animales. En este sentido entronca con otra conocida fábula musical: Pedro y el lobo (1936) de Prokofiev. Y con otra ópera checa sobre la vida animal de un compositor al que Krása admiraba: La zorrita astuta (1924) de Leoš Janáček. Krása, nacido en Praga, había tenido una completísima formación durante los años veinte, estudiando con compositores punteros de la música representativa tanto del postromanticismo alemán (Alexander von Zemlinsky) como del impresionismo francés (Albert Roussel). Y eso se aprecia en Brundibár, con el empleo de ritmos que recuerdan al cabaret o al music-hall y con temas melódicos recurrentes para identificar situaciones y personajes, como en la técnica wagneriana del leitmotiv. Así el personaje de Brundibár está caracterizado por un vals que ejecuta al organillo y que recuerda al célebre tema de Petrushka de Stravinsky y al mundo de los bailes desenfadados del París de Satie (Je te veux) o del feliz San Petersburgo del joven Shostakovich (el de los ballets La edad de oro y El perno). Y es que Krása también estaba al día de lo que venía de Rusia: su ópera Verlobung im Traum / Esponsales en sueños (1933) se basa en El sueño del príncipe de Dostoievski. La ópera de Hans Krása, de una media hora de duración, fue complementada por una dramatización, a modo de prólogo (con la dirección escénica de Tomás Muñoz), con fragmentos de obras de otros autores que pasaron por Terezín (Viktor Ullmann, Karel Švenk y Ilse Weber; los siguientes conciertos del ciclo también estarán dedicados a obras compuestas en el gueto, en concreto a cuartetos de cuerda y lieder) y con imágenes extraídas del documental rodado en verano de 1944 (obviamente un falso documental que alcanza límites inaguantables de cinismo, con unos sanos prisioneros -de figuración- mostrándonos sus actividades diarias laborales, lúdicas…y hasta duchándose desnudos todos juntos despreocupadamente y casi hacinados). Pero la velada alcanzó el momento culminante cuando, una vez finalizada Brundibár, uno de los actores anunció que ahora los residentes del campo de concentración eran los que iban a interpretar la ópera, encadenándose la actuación de los Pequeños Cantores de la JORCAM (dirigidos por Ana González y muy bien acompañados al piano por Noé Pérez) que acababan de representar la obra, con los planos filmados de los niños judíos prisioneros (y condenados a una inminente muerte, apenas unas semanas después) que cantaban la feliz marcha final de Brundibár con un rictus impávido y un lenguaje corporal que delataba su pánico ante un final fatal que intuían iba a llegar pronto, dándole así un siniestro ritmo pesante a la música y al espectáculo una estremecedora nueva dimensión que cortó la respiración y heló la sangre de los asistentes: “Suenen tambores / juntos ganamos hoy. / Con determinación, / con valor, / sin miedo, / los niños vencimos. / Es la oportunidad / para vivir en paz / libres y unidos. / Donde hay amor y solidaridad, / sitio no va a quedar / para Brundibár”.

Rafael Valentín-Pastrana

@rvpastrana

Bibliografía:

– Ígor Contreras: Terezín: componer bajo el terror. Fundación Juan March. Madrid, 2021.

– Jorge Fernández Guerra: El largo camino a casa del deportado. Teatro Real. Madrid, 2016.

– Manuel Recio: Jazz y nazismo en el París ocupado. Revista Jot Down. Barcelona, 2013.

Nota 1: Este post, dedicado a Hans Krása, constituye el número 47 de la serie dedicada a Los titanes de la composición del siglo XX.

Nota 2: El título de este post hace referencia al lema, tristemente célebre, de los campos de concentración y exterminio que el nazismo extendió por sus dominios: “Arbeit macht frei / El trabajo te hace libre”.

Nota 3: Las imágenes incluidas en este post de la representación de Brundibár son © Fundación Juan March / Dolores Iglesias. Madrid, 2021.

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