
Estrenada en la Opéra-Comique de París, el 3 de marzo de 1875, Carmen (1874) de Georges Bizet (1838-1875) pertenece a esa variante «simpática» de la «leyenda negra» que encontramos en otras célebres óperas1 cuya trama también transcurre en Sevilla o sus alrededores y en las que sus autores, dado el tratamiento cómico o bufo de sus argumentos, no hacen especialmente sangre aunque tiren de los tópicos negativos de rigor sobre España y los españoles, como quien no quiere la cosa. En Carmen, la ópera más programada de todos los tiempos, el libreto en cuatro actos de Henri Meilhac y Ludovic Halévy a partir de la obra homónima (1845) de Prosper Mérimée nos presenta una España folclórica2 de contrabandistas, soldados (del regimiento borbónico de los Dragones de Alcalá), cigarreras, mesoneros, toreros, picadores y gitanas temperamentales de rompe y rasga, desde la superioridad moral de la Francia ilustrada que décadas después (la acción se desarrolla en la segunda mitad del siglo XVIII) saquearía esa España supuestamente atrasada, sin que hasta ahora haya pedido perdón. A ver si los ministros Albares y Urtasun y su presidente dejan de arrastrarse por los foros internacionales y le exigen disculpas y compensaciones al país vecino por la colonización y expolio del patrimonio español perpetrado durante la invasión napoleónica. Como el que, por cierto, cometió Bizet apropiándose de la habanera El arreglito3 que el compositor alavés Sebastián de Iradier había escrito años antes.

Bizet fallecería prematuramente por un derrame cerebral a los treinta y seis años de edad, sólo tres meses después del estreno de Carmen, que sería acogida con entusiasmo por algunos de los más respetados compositores de la época como Saint-Saëns, Tchaikovsky («Estoy convencido de que, dentro de unas cuantas décadas, Carmen será la ópera más popular del mundo», escribiría el compositor ruso a su mentora Nadezhda von Meck tras asistir a una de las representaciones), Brahms («Iría a las entrañas de la tierra a abrazar al compositor de Carmen») o Wagner. Los logros que hubiera alcanzado Bizet como operista, si hubiera vivido la media de edad de su época, es elucubrar; pero sus quince obras líricas4 para la escena están ahí y la influencia que tuvo su ópera a todos los niveles culturales5 apuntan a que hubiera llegado a lo más alto.

Carmen es una mujer intrépida, seductora, lujuriosa, transgresora y ajena a las convenciones sociales de su época. En definitiva, una heroína proletaria, liberada, independiente y empoderada, como se estila hoy en día y que protagoniza, como afirma Juan G. Basté, una obra «toda ella recorrida por vientos de rebelde libertad, mezclados con los huracanes de las pasiones». Como señala acertadamente Joan Matabosch en las notas al programa, «En esta España primitiva, arcaica, misteriosa, ancestral y exótica, los escritores franceses podían criticar su propia sociedad sin que constara explícitamente la magnitud del desacato». Y así el personaje de ficción se convierte en mito. Y Georges Bizet pone la guinda: «La música de Carmen es malvada, refinada, fatalista: a pesar de ello, sigue siendo popular», escribiría Friedrich Nietzsche. Irene de Juan en el programa de mano destaca de Carmen «su sutileza tímbrica, su progresiva intensificación dramática, el audaz manejo de las formas y los géneros musicales, su uso del cromatismo».

Musicalmente, ¿Carmen es una ópera o una zarzuela a la manera francesa? Bizet se encontraba con el dilema de optar por la Opéra-comique -género francés no necesariamente cómico, que alternaba números musicales con diálogos hablados y que contaba con el respaldo de la audiencia- y la grandiosidad de la Grand Opéra, con producciones espectaculares y la obligada influencia de Wagner, que marcaba moda con sus motivos temáticos (en Carmen abundan las ideas fijas -en la terminología de otro francés ilustre, Berlioz- como la inocencia, la redención por amor, las cartas, el destino…) que se repiten a lo largo de la ópera y que otorgaba el prestigio autoral en la Francia en esos años. Bizet, en palabras de Irene de Juan, «crea ahí el gran claroscuro de Carmen, la tensión entre lo normativo y lo subversivo». Tras el fallecimiento del compositor, sus editores convierten las partes habladas de Carmen en recitativos y la zarzuela/ópera cómica (en el sentido de obra a representar en el teatro parisino así conocido; de hecho, su intendente se echó las manos a la cabeza con el final de Carmen: «Muerte, ¡en la Opéra-Comique! ¡Nunca se ha visto, nunca! No la haga morir, mi joven amigo, se lo ruego») que concibió Bizet, se convierte en ópera seria. Esto da la verdadera dimensión de Carmen como una ópera bisagra entre los formatos cómicos y populares y la gran ópera más seria y verista que llegaría pocas décadas después. Y, de ahí, su éxito imperecedero.

En lo escénico, Carmen está dirigida por Damiano Michieletto, que, como ya le ocurrió en su reciente y polémica Madama Butterfly, ubica la acción de la ópera en otro tiempo y en otro lugar, querencia demasiado habitual entre los actuales registas. Y, claro, incurre en claroscuros:
La presente Carmen sube al escenario del Teatro Real en coproducción con el Covent Garden de Londres y la Scala de Milán. Al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real se sitúa la dinámica Eun Sun Kin, que trató de transmitir la vibrante y brillante escritura orquestal de Bizet y de gobernar su despliegue rítmico, aunque en algunos momentos (la obertura y la fanfarria de los prolegómenos de la corrida, especialmente) la directora coreana se pasó de frenada imprimiendo demasiada velocidad a la música. José Luis Basso dirigió al Coro Titular del Teatro Real (un punto hiperactivos en la dramaturgia actoral) con su eficacia habitual, contando esta vez con la colaboración de Ana González al frente de los entregados y entusiastas Pequeños Cantores de la ORCAM.

El dúo protagonista del segundo reparto transmitió escasa química entre ellos: J’Nai Bridges (Carmen) tiene un correcto, sin más, registro de mezzo, pero carente de agudos, mientras que Michael Fabiano (Don José) estuvo anodino -como de costumbre- aunque solventó con suficiencia y considerable pasión -por fin- su aria de bravura del segundo acto, «La fleur que tu m’avais jetée». Más entonados se mostraron Luca Micheletti (Escamillo), con un apreciable registro central de barítono y, sobre todo, Miren Urbieta-Vega (Micaela), demostrando una vez más su acreditada musicalidad y su timbre untuoso y, a la vez, ágil. De los roles secundarios, sorprendieron positivamente unas revoltosas Natalia Labourdette (Frasquita) y Marie-Claude Chappuis (Mercedes) por su magnífica línea vocal y la coordinación y chispa entre ellas.

En definitiva, la Carmen de Mérimée y Bizet que universalizó hace ciento cincuenta años una España tópica, continúa vigente gracias a peones de brega que, como Damiano Michieletto, siguen tirando de lugares comunes negrolegendarios (otros menos manidos, pero igual de dañinos) tratando de conducir y determinar al espectador para advertirle de que actitudes discutibles del pasado pueden traspasarse peligrosamente al presente. Así hemos consentido los españoles que se escriba nuestra Historia… y que además se le ponga música.

Notas a pie de página:
Videobibliografía:
– José Luis Téllez: Carmen. Teatro Real. Madrid, 2025.
– Joan Matabosch: La libertad como atributo de lo femenino. Teatro Real. Madrid, 2025.
– Irene de Juan: Carmen, a contraluz. Teatro Real. Madrid, 2025.
– Rafael Valentín-Pastrana: «La dueña» o cómo el tarraconense Roberto Gerhard combatió desde su exilió inglés a la «leyenda negra»… y al nacionalismo catalán. www.eltema8.com, 2022.
– Rafael Valentín-Pastrana: «Las bodas de Fígaro», la Revolución comenzó en Sevilla. www.eltema8.com, 2022.
– Rafael Valentín-Pastrana: Don Juan se echa al monte. www.eltema8.com, 2020.
– Juan G. Basté: La ópera francesa. Salvat S.A. de Ediciones. Pamplona, 1984.
– Rafael Valentín-Pastrana: La «leyenda negra» en la ópera. www.eltema8.com, 2020.
– http://www.kareol.es/obras/carmen/acto1.htm
Nota: Las imágenes incluidas en este post de la representación y ensayos de Carmen son © Javier del Real / Teatro Real. Madrid, 2025.



