El Tema 8

El tema 8 es como el primer amor: no se olvida nunca.

Un indiano en la Provenza

Los gavilanes de Jacinto Guerrero (1895-1951) subió a la escena en el Teatro de La Zarzuela cuando expiraba el musicalmente prodigioso 1923 (es el año en que se estrenan, entre otras joyas de nuestro teatro lírico musical, Doña Francisquita de Amadeo Vives, Marianela de Jaime Pahissa, Fantochines de Conrado del Campo o Benamor de Pablo Luna), programándose desde el 7 de diciembre de 1923 al 6 de enero de 1924 durante sesenta y cinco funciones ininterrumpidas. La zarzuela se repone estos días en el coliseo de la calle Jovellanos en nueva y cuidada producción con dirección escénica de Mario Gas, escenografía de Ezio Frigerio, vestuario de Franca Squarciapino y con Jordi Bernàcer a la batuta.

Jacinto Guerrero se movió con soltura en todo tipo de géneros líricos, no sólo zarzuelas: operetas, sainetes, revistas de variedades, humoradas, entremeses, vodeviles…Obras, prácticamente todas, con protagonismo de la mujer: «Toda mi labor musical ha sido inspirada siempre por alguna mujer. Yo no escribo música si no estoy enamorado. Todo es música. El amor a los veinte años es un andante vivace, un allegretto. A los treinta, allegro moderato. A los cuarenta, andante maestoso. Y pasando de los cincuenta…un funeral. La mujer lleva la batuta siempre, aunque no queramos confesarlo», declararía en 1930. Y eso a pesar de mantenerse soltero toda su vida: «No me he casado en primer lugar porque no he tenido tiempo. ¿Usted sabe la vida que yo llevo? Sospecho también que no hubiera encontrado con quién porque reconozco que como hombre de hogar yo hubiera resultado de lo peorcito», echaba la vista atrás en 1951, poco antes de morir.

Compositor, director de orquesta, empresario teatral, concejal del ayuntamiento de Madrid, presidente de la Sociedad General de Autores de España…Pero lo que de verdad le hubiera gustado ser al polifacético Jacinto Guerrero se lo confesaría en 1946 al prestigioso crítico Rienzi. «¿Que por qué soy yo músico? Pues porque no he podido ser torero. Era mi mejor sueño el ser un gran matador de toros un gran héroe popular. Pero no tuve corazón y me quedé en músico. ¡Un tremendo fracaso! Yo hubiera dado lo mejor que tengo por ser un gran torero y arrastrar a las multitudes, conmoverlas, electrizarlas.«. El caso es que todo eso y más lo consiguió, con su arte y su talento, Jacinto Guerrero.

Como recuerda Mario Lerena, autor de las notas al programa, «Guerrero fue un hombre muy de su tiempo, que conocía perfectamente los gustos de su público y las modas del momento. Pionero en la explotación de nuevas tecnologías como el cine o la fonografía, llegó a edificar uno de los rascacielos más vanguardistas de la Gran Vía madrileña, el edificio Coliseum, para albergar su vivienda y su propio teatro». Guerrero, nacido en Ajofrín (Toledo, donde se inauguró el 29 de mayo de 1998 la casa-museo del músico, que alberga su legado personal), se había ganado la vida acompañando al piano proyecciones de cine mudo en la capital de la provincia durante la década de los años diez. Con el tiempo, desarrollaría una notable carrera en el medio cinematográfico, con bandas sonoras de la importancia de La canción del día (dirigida por G.B. Samuelson en 1930 y que constituye la primera producción española completamente hablada y sincronizada), Don Quintín el amargao (mítica película de Filmófono producida por Luis Buñuel y dirigida en 1935 por Luis Marquina), Currito de la Cruz (Fernando Delgado, 1936), Rumbo al Cairo (Benito Perojo, 1940), Garbancito de La Mancha (José Mª Blay y Arturo Moreno, 1945, primer largometraje de animación realizado en España) o El sobre verde (Rafael Gil, 1971).

Desde finales del siglo XIX y hasta los primeros años del XX, las temáticas costumbristas dominaban los géneros grande y chico. Pero el movimiento regeneracionista (siguiendo la célebre sentencia de Joaquín Costa de simbólicamente «cerrar con doble llave el sepulcro del Cid») trajo consigo la idea de prescindir de la tiranía de lo castizo en los argumentos de las zarzuelas. El exitoso estreno en Madrid de La viuda alegre de Franz Lehár en 1909 pone de moda entre los compositores españoles la opereta centroeuropea en general y la vienesa en particular, que provoca la llegada en aluvión de obras de Oscar Straus, Imre Kálmán o Leo Fall. Así en las siguientes décadas de los años diez y veinte se estila el situar las historias en otras latitudes: Pablo Luna, por ejemplo, le cogió gusto a ubicar sus zarzuelas en el Oriente (El asombro de Damasco, El niño judío o la citada Benamor).

Jacinto Guerrero ya venía de localizar La alsaciana (1922) en la región francesa limítrofe con Alemania y La montería (1923) en la campiña inglesa. El 13 de septiembre de ese mismo año y ante la pertinaz crisis de la monarquía española, se impondría la dictadura militar de Miguel Primo de Rivera. Guerrero se adapta rápidamente al convulso momento y reacciona volviendo la vista hacia lo tradicional tomando como modelo para Los gavilanes la recientemente estrenada Doña Francisquita, que acababa de representarse con enorme éxito en la competencia (Teatro Apolo) en octubre de 1923, basada libremente en La discreta enamorada de Lope de Vega y ambientada también en la época romántica. Según Mario Lerena, Guerrero adoptaría «esta ortodoxia purista, de ribetes eruditos, en algunas zarzuelas venideras como El huésped del Sevillano (1926), inspirada en La ilustre fregona, de Cervantes, o La rosa del azafrán (1930), sobre El perro del hortelano, de Lope de Vega». Es así como Los gavilanes, con libreto de José Ramos Martín (1892-1974), se desarrolla durante 1845 en la Provenza francesa. El musicólogo Alberto González Lapuente ha especulado con la posibilidad de que esta ubicación distanciada respondiera al temor de que la obra fuese censurada por su ridiculización de las fuerzas del orden (Triquet, el jefe de policía) y la autoridad civil (Clariván el alcalde: «mandaré colgar a todos los concejales»). Y es que el golpe de estado estaba demasiado reciente como para andarse con bromas.

Volviendo a 1923 y por increíble que parezca, precisamente esos años de la Dictadura (de 1923 a 1930, con el apéndice de la Dictablanda del general Dámaso Berenguer de 1931) constituyen una auténtica eclosión (algunos hablan de Edad de Plata) de las artes y la cultura española. La musicóloga María Palacios defiende la idea valiente, aunque políticamente incorrecta, de que los estudios que se llevaron a cabo durante la Transición en torno a la música de los años veinte y treinta obviaron, probablemente por prejuicios y complejos ideológicos, que la verdadera renovación musical y cultural de esos años en España se había producido en justicia durante este régimen dictatorial. Y que no todo proviene de la mitificada II República. En esta misma línea se mueve la analista política Irene González para quien en la sociedad española, fruto de haber renunciado la derecha de modo absurdo a librar la batalla cultural, “subyace la idea del unicornio de la santa izquierda, pues nada malo le puede ser atribuido” y en consecuencia nada bueno puede provenir de los periodos que enmarcan el antes y el después del segundo y de nuevo fallido experimento republicano.

No deja de ser peregrino que, después de amasar un capital en las Américas, un indiano (o sea, un español, no un francés: la pirueta no cuela) vuelva a su aldea…en Francia desde Perú cantando…un tango mientras el coro le recibe con una especie de salve marinera que parece salida de un certamen mediterráneo de habaneras. Las reseñas de la época del estreno destacaron algunas de estas incongruencias: «¿Qué pescadoras y pescadores son esos que nos sirven?», escribía el crítico de La Libertad, mientras que el de El Imparcial reprochaba a Guerrero que «no haya hecho a los personajes vizcaínos, montañeses o gallegos, regiones donde tanto abundan los indianos». Está claro que esa historia pinta poco en Francia y que la acción de Los gavilanes se podía haber desarrollado perfectamente en cualquier provincia española. También se criticó la presencia anacrónica de ritmos de los años veinte en una obra que, supuestamente, transcurre en 1845. Como sostiene Lerena, «la figura del indiano, que regresaba enriquecido de América para construir su opulenta residencia en su tierra natal, plantando exóticas palmeras en sus jardines y financiando obras benéficas como hospitales, asilos o escuelas, estaban a la orden del día en España». Efectivamente, todo español anhelaba heredar la fortuna de un pariente lejano del que nada se sabía desde que hubiera emigrado a hacer fortuna a las Américas, o al menos que algunas migajas le cayeran arrimándose a él. De hecho, los autores habían titulado inicialmente la zarzuela y en referencia a Juan, el indiano protagonista, en singular: El gavilán. Y continúa Lerena: «Todas estas circunstancias explican la facilidad con la que, desde un primer momento, el público español y, en buena medida, también el hispanoamericano, se identificaron con las vicisitudes de los personajes de «Los gavilanes», por mucho que su argumento se desarrollase supuestamente en la lejana Provenza. Sin duda, una morriña cruzada, de ida y vuelta, entretejía ambas orillas del Atlántico con vivencias y añoranzas compartidas». No es casualidad el éxito de otra de las más importantes zarzuelas de esa misma década, El caserío (1926, Jesús Guridi), cuyo argumento recuerda al de Los gavilanes. El propio Guerrero rememoraría en 1943 un exitoso un viaje que realizó al nuevo continente en 1930 (fue condecorado con la cruz de Isabel la Católica por la expansión de la música española en el extranjero) y la pasión que allí levantaba su inmortal zarzuela: «Cuando en 1930 fui a Buenos Aires los españoles allí residentes me agasajaron mucho. Decían que «Los gavilanes» era la obra que más les había impresionado como recuerdo de España. Y muchos de ellos me aseguraban que el argumento de esta zarzuela era en parte parecido a su propio asunto. Tan obsequiosos estuvieron que de los cuatro meses que duró mi permanencia en esa capital ni un solo día me dejaron comer en el hotel».

Musicalmente Jacinto Guerrero, siempre listo y avispado para intuir por dónde iban los gustos del público, se empapa de múltiples estilos para componer Los gavilanes: coplas populares españolas («Palomita, palomita, / cuidado con el pichón / mira que rondando el nido / está el gavilán traidor»), marchas («¡Amigos, siempre amigos!», que podría encajar perfectamente como número final, bajada de escaleras de las vedettes incluida, de una revista de variedades), aires franceses (la barcarola «Pescador, de tu playa te alejas»), ritmos indianos (aunque el protagonista viniera de Perú, destaca el tango-milonga «El dinero que atesoro» -Carlos Gardel haría su triunfal presentación europea en el Teatro Apolo de Madrid apenas tres días después del estreno de Los gavilanes-; por cierto, la zarzuela contaba lógicamente con una canción típica peruana en ritmo de danza marinera, pero que fue final e inexplicablemente descartada), sonoridades del jazz norteamericano (el shimmy -baile a base de sugerentes movimientos de caderas derivado del foxtrot y el charlestón- «No hay por qué gemir, / no hay por qué llorar», también conocido como el Coro de las lloronas), concertantes de conjunto de teatralidad verista (el grandioso final del segundo acto -con desmayo de la soprano incluido- en el que Gustavo reta a la manera de careo -anticipando el célebre dúo de bertsolaris “Chiquito de Arrigorri” de la mencionada zarzuela de Guridi El caserío- a Juan por el amor de Rosaura: «Guarda, indiano, tu riqueza”) y por supuesto también romanzas líricas («Flor roja», a cargo de Gustavo en el primer acto) o de bravura («¡No importa que al amor mío / se oponga todo el mundo entero; / yo he de lograr lo que ansío, / ¡porque la quiero!…¡¡La quiero!!» que canta Juan en el segundo acto) al uso de la zarzuela clásica. Sin olvidar el sublime y verdiano dúo del tercer acto «Yo le esperaba, / su vuelta yo aguardaba» entre Adriana y Rosaura, en el que madre e hija se sinceran y despiden como hacían padre e hija en el inolvidable final de Rigoletto.

Por casualidades del destino, la reposición de Los gavilanes ha coincidido con las celebraciones (más bien «descelebraciones») del Quinto Centenario de la conquista de México por Hernán Cortés para la Corona de España en 1521. Desde determinados sectores promotores de la «leyenda negra», que nunca descansa, siempre se aprovechan estas efemérides para deslucir la obra de la Hispanidad, reduciendo el impacto de aquella hazaña al saqueo del oro del Nuevo Mundo. Y 2021, con todo el aparato globalista entregado a la causa de quemar iglesias, de derribar estatuas y de intentar cambiar el nombre a los países, no ha sido la excepción. El caso es que en Los gavilanes el libretista José Ramos Martín (siguiendo los pasos de su padre Manuel Ramos Carrión, que en la zarzuela La bruja hizo de peón de la hispanofobia atacando a los Austrias y defendiendo las bondades de los Borbones) se presta a ello, presentando a Juan como un enfermo de aquella fiebre que afectó a españoles…y, aunque se sombree, a portugueses, ingleses, franceses, americanos, italianos, belgas, alemanes, que también ellos saquearon cuanto pudieron en América y otros continentes: «Ánimo, pensé yo: ¡a la conquista del oro! Pero no se conquista tan fácilmente. Tuve que arrancar con mis manos el codiciado filón». Curiosamente el azar ha querido que Los gavilanes coincida con otra noticia de rabiosa actualidad y también relacionada, qué cosas, con el oro. En concreto con el de una mina en Venezuela que al parecer pusieron a nombre de un ex presidente del gobierno de España, socialista para más señas, en recompensa a su apoyo cómplice al régimen dictatorial que esquilma sus riqueza a los venezolanos desde hace décadas. Aunque esto ahora, a la mayoría de los medios de comunicación (no por oro pero por euros), sí les interese silenciar. Ay, el dato y el relato de los españoles y el oro…

Rafael Valentín-Pastrana

@rvpastrana

Bibliografía:

– Mario Lerena: «Los gavilanes” y el sueño americano: una zarzuela entre dos mundos. Teatro de La Zarzuela, 2021.

– Irene González: República, mentiras y la santa izquierdahttp://www.vozpopuli.com, 2021.

– Rafael Valentín-Pastrana: “Benamor”: la deconstrucción de sexos en una zarzuela «queer» de Pablo Lunahttp://www.eltema8.com, 2021.

– Rafael Valentín-Pastrana: España abre los ojos ante una gran ópera rescatada del olvido: “Marianela” de Jaime Pahissahttp://www.eltema8.com, 2020.

– Tatiana Araéz: Jacinto Guerrero toma la palabra. Instituto Complutense de Ciencias Musicales. Madrid, 2019.

– Rafael Valentín-Pastrana: Verismo a la vizcaína. http://www.eltema8.com, 2019.

– Rafael Valentín-Pastrana: ¡Aquí no habla nadie! http://www.eltema8.com, 2019.

– Rafael Valentín-Pastrana: La recuperación de una ópera española olvidada: “Fantochines” de Conrado del Campohttp://www.eltema8.com, 2015.

– María Palacios: La renovación musical en Madrid durante la Dictadura de Primo de Rivera: El Grupo de los Ocho (1923-1931). Sociedad Española de Musicología. Madrid, 2008.

Nota 1: Este post, sobre Jacinto Guerrero, constituye el número 51 de la serie dedicada a Los titanes de la composición del siglo XX.

Nota 2: Las imágenes de las representaciones y/o ensayos de Los gavilanes incluidas en este post son © Teatro de La Zarzuela / Elena del Real / Javier del Real, 2021.

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