
El drama lírico en cuatro actos Manon Lescaut, a partir de la novela del abate Antoine-François Prévost d’Exiles (1697-1763) Histoire du Chevalier des Grieux et de Manon Lescaut (1731)1 supuso el primer gran triunfo operístico2 de Giacomo Puccini (1858-1924). Su estreno en el Teatro Regio de Turín el 1 de febrero de 1893 ratificaría «la definitiva salida de Puccini del anonimato y su ascenso a la cresta de una ola de la que ya no descendería nunca más», en palabras de Elvio Giudici. Es también el año del estreno de Falstaff, la última ópera de Giuseppe Verdi, con lo que «Se consumaba un traspaso de poderes (…). Tras tres décadas de tentativas frustradas… la ansiada renovación del melodrama italiano comenzaba a tomar cuerpo«, como escribe en las notas al programa Rafael Fernández de Larrinoa. Esta vez Manon Lescaut sube al escenario del Teatro Real (donde se representó por primera vez el 4 de noviembre de 1893, muy poco después del estreno turinés3) en coproducción con la Ópera de Colonia.

Con un libreto en el que intervinieron varios autores4 y ninguno acreditado ni el día de su primera representación ni en el cartel oficial, Manon Lescaut relata las aventuras y desventuras de una jovencita que va a ingresar en un convento de Amiens por voluntad de su padre. Tras su encuentro fortuito con el caballero Des Grieux, que estudia para incorporarse a la Orden de Malta, planean fugarse, pero finalmente es captada por Geronte, tesorero real francés que se ofrece para ser su protector y mantenerla. Entregada al lujo y a la vida frívola, Manon añora a Des Grieux, con quien se encuentra y planea escaparse de ese mundo superficial. El mentor de Manon la denuncia por hurto de joyas. La joven es detenida y deportada, zarpando desde Le Havre, camino de La Luisiana (donde se desterraba a los proscritos y convictos de toda ralea)5 en compañía de su amado. Allí, el destino final de la pareja Manon-Des Grieux correrá la misma suerte que otras grandes parejas de enamorados del teatro universal: Romeo y Julieta, Tristán e Isolda… Había en la novela de Prévost momentos de felicidad conjunta entre Manon y Des Grieux que Puccini suprimió. Lo que prevalece es la historia de la pasión desesperada de una mujer cuyo mayor pecado, como el de tantas otras heroínas puccinianas, es ser «la donna innamorata».

Gonzalo Alonso sostiene que «algunos elementos, como las escenas corales, se observan ya maduros y (…) se impone el fresco impulso y la generosa vena melódica de la música». Como, por ejemplo, la sublime aria de Des Grieux en el primer acto: «Donna non vidi mai simile a questa!» (illicasillabo de manual: combinación métrica de versos de distinta medida y alejada de los parámetros convencionales, ideada por la pluma de Luigi Illica). Pero pese a este despliegue melódico, Manon Lescaut de Puccini (aún no adscrito al verismo) empieza a filtrar en la ópera italiana la continuidad wagneriana6, recurriendo al uso del leitmotiv, como el que define al estudiante Renato des Grieux con su aria «Tra voi, belle, brune e bionde» o con el «Manon Lescaut mi chiamo» con el que la protagonista se presenta y que se repetirán en distintos momentos de la ópera. El escritor irlandés George Bernard Shaw lo detectó enseguida tras asistir a su estreno londinense: «el dominio de la ópera italiana se ha ampliado mediante la anexión de un territorio alemán (…). Me parece que Puccini tiene más probabilidades que cualquier otro de sus rivales de convertirse en el heredero de Verdi».

En líneas generales, el montaje de Carlos Wagner funciona mejor en los dos últimos actos que en los dos primeros. El regista venezolano, consciente de que «los cuatro actos extraen viñetas de la novela sin explicar los acontecimientos intermedios», consigue, pese a algunas soluciones cuestionables, el sueño de todo director de escena: provocar, incomodar, perturbar, hacer reflexionar y tocar la fibra del espectador.

La dirección musical de Nicola Luisotti, algo embarullada y caótica en los finales de acto, fue ganando poso en el tercero, que consiguió enlazar de manera primorosa con el desolador cuarto y último acto gracias a una deslumbrante lectura del intermedio orquestal que lo antecede. El coro que dirige José Luis Basso pareció dar prioridad, como viene siendo discutible costumbre de un tiempo a esta parte, a lo coreográfico (cuyo dudoso diseño habrá que atribuirle a Mónica Domínguez, «asistente de movimiento») sobre lo vocal, que sólo pudo desplegarse en los finales de acto, sobre todo porque la estrechez del decorado en el prólogo los amontonaba, impidiendo la limpia emisión del canto. En lo vocal, del segundo reparto Saioa Hernández (Manon) fue de menos a más, beneficiándose de esa voz desgarrada que le va como anillo al dedo al descenso a los infiernos de los dos últimos actos (sobre todo en el aria final, «Sola, perduta, abbandonada…») y no tanto para la inocencia y el libertinaje de los dos primeros cuadros. Jorge de León, como Des Grieux, tuvo una de las mejores actuaciones que se le recuerdan, concentrado en todo momento y desplegando de principio a fin su potente chorro de voz y mostrando regularidad en la emisión. La revelación fue el polaco Szymon Mechlinski (Lescaut), con muy buena dicción y poderosa tesitura de barítono. De los comprimarios, se esperaba más de un cantante de la experiencia de Pietro Spagnoli (Geronte), que estuvo bien en lo interpretativo pero insuficiente en lo vocal, mientras que Albert Casals no pudo con el papel de Edmondo. El ya habitual Mikeldi Atxalandabaso, con un doble papel, estuvo más convincente como Farolero, exhibiendo una notable musicalidad y un limpio fraseo y, en cambio, como Maestro de baile recurrió en exceso al falsete y mostró cierta nasalidad en la voz. Es lo que tiene preocuparse más por exagerar la caracterización de un personaje que por limitarse a cantar. De los personajes episódicos, cumplieron muy dignamente Javier Castañeda (Posadero) y Javier Franco (Sargento de los arqueros).

Pero volvamos al final de la ópera: habíamos dejado a Manon y Des Grieux errando por los páramos de La Luisiana. Ya sin posibilidad de caer más bajo, sobre ellos se cierne un inquietante agujero negro, un ominoso vórtice que parece quererlos engullir y que va descendiendo lenta e inexorablemente hacia ellos -por medio de un impactante movimiento mecánico de la tramoya escénica- y hacia el que Manon eleva sus manos como si quisiera ascender para alcanzarlo, en un anhelo de ser absorbida e integrarse (otra cita cinematográfica viene inevitablemente al recuerdo: el monolito negro de Stanley Kubrick en 2001: Una odisea del espacio) en el ojo de Dios. Un final sobrecogedor que nos deparó el mejor momento de la función: una de esas mágicas conjunciones de interpretación, dirección escénica, iluminación y música como sólo la ópera puede regalarnos, y durante la cual el tiempo pareció detenerse.

Notas a pie de página:
Videobibliografía:
– José Luis Téllez: Manon Lescaut. Teatro Real. Madrid, 2026.
– Joan Matabosch: El triunfo de la pasión. Teatro Real. Madrid, 2026.
– Rafael Fernández de Larrinoa: El subversivo encanto de la ambigüedad. Teatro Real. Madrid, 2026.
– Rafael Valentín-Pastrana: Nagasaki, mon amour. www.eltema8.com, 2024.
– Rafael Valentín-Pastrana: «Turandot»: hasta aquí llegó el maestro Puccini. www.eltema8.com, 2023.
– Rafael Valentín-Pastrana: ¡Qué helada manecilla! www.eltema8.com, 2021.
– Rafael Valentín-Pastrana: Éste es el beso de Tosca. www.eltema8.com, 2021.
– András Batta/Sigrid Neef: Ópera. Könemann Verlagsgesellschaft mbH. Colonia, 1999.
– Gonzalo Alonso: Puccini, cantor de las cosas pequeñas. Salvat S.A. de Ediciones. Pamplona, 1984.
– Elvio Giudici: Una galería de personajes femeninos. Salvat S.A. de Ediciones. Pamplona, 1982.
– http://www.kareol.es/obras/manonlescaut/acto1.htm
Nota: Las imágenes incluidas en este post de las representaciones y/o ensayos de Manon Lescaut son © Teatro Real / Javier del Real. Madrid, 2026.



