El ruso Mikhail Glinka (1804-1857) había marcado, con Una vida por el Zar (1836) y Ruslán y Liudmila (1842), el camino a seguir para que las óperas nacionales en los territorios eslavos adquirieran autonomía y se liberaran de las rigurosas influencias italianas y centroeuropeas. En el extremo más occidental de Europa, Francisco Asenjo Barbieri (1823-1894) encontraba en 1850 con Jugar con fuego la salida del callejón español con el género de la zarzuela. Y, años después, Bedřich Smetana (1824-1884) se convertiría en el padre de la ópera nacional checa gracias a Prodaná nevěsta / La novia vendida (Praga, 1866), segunda de sus nueve1 óperas, y por la que el compositor natural de Litomyšl (Bohemia) ha pasado a la historia.

Santiago Martín en sus peculiares y crípticas -esta vez demasiado- notas al programa, relata la peripecia de Smetana quien, en un momento político convulso de enfrentamientos bélicos entre viejas potencias continentales contra emergentes nacionalismos, supo acertar a moldear “ese «buen pueblo checo», que se supone portador de la savia nacional”. Es 1863 y Smetana, superando las influencias italianas, alemanas y francesas2, no dudó en incluir en La novia vendida ritmos regionales, como el furiant con que concluye el primer acto, la polka y el galop del segundo acto y la skočná que bailan los comediantes en el tercer acto3. Siendo esto importante, lo más relevante de esta ópera estaba por llegar. Desde la década anterior, Smetana había fijado su residencia en Suecia, donde transcurría su vida profesional y familiar y no dominaba el idioma checo. Pero decidió que era el momento de volver a su patria4 y ayudar a la construcción de una identidad nacional y cultural checa.

Para ello recurrió al escritor Karel Sabina (1813-1877), simpatizante con el nacionalismo5, cuyo modélico libreto original funciona con una precisión dramática digna del reloj astronómico de Praga, estructurando la ópera mediante vertiginosas escenas concatenadas que anticipan el recurso cinematográfico de la progresión de secuencias: un entorno festivo, una pareja de enamorados, un casamentero liante, unos padres interesados por la dote, un lugareño astuto y desacomplejado que tiene un plan, una firma de contrato, un baldón para la familia, unos aldeanos enfadados, un noviazgo roto, unos titiriteros que irrumpen en la aldea, un lugareño tartamudo y acomplejado que descubre su vocación artística, un giro sorpresivo de los acontecimientos, un tramposo que cae en la trampa y un final feliz con boda y moraleja. Y, lo más importante: a partir del libreto de Sabina, Smetana logró extraer de la prosodia natural de la lengua checa la cadencia musical de los recitativos y números de su ópera. Sin esta aportación trascendental de Smetana, no hubieran sido posible los logros conseguidos décadas después por los otros dos grandes titanes de la música en general y de la ópera checa en particular: Antonín Dvořák y Leoš Janáček. El resultado es una ópera cómica en tres actos6 cuya trama se ajusta, en palabras de Joan Matabosch en el programa de mano, “al lienzo tradicional de la comedia sentimental campesina, con sus personajes entrañables, astutos, tiernos y también egoístas, como la naturaleza humana misma”. El éxito de La novia vendida7 se mantendría hasta nuestros tiempos, traspasando fronteras y géneros: en 1932 sería llevada al cine por Max Ophüls (Die verkaufte braut) durante su etapa alemana.

La novia vendida se presenta en coproducción entre el Teatro Real, la Opéra National de Lyon, la Oper Köln y el Théatre Royal de La Monnaie. Laurent Pelly, uno de los habituales del Real (Falstaff en 2019, Viva la mamma en 2021, Il turco in Italia en 2023 y Los maestros cantores de Nuremberg en 2024), se hace cargo de la ágil y dinámica dirección de escena, con no pocos aciertos:

A la batuta, el director musical del Teatro Real Gustavo Gimeno, vuelve a demostrar, tras sus recientes incursiones en los mundos de Prokofiev, Tchaikovsky y Bartok, su buena sintonía con la música de la Europa del Este aunque, ya desde la obertura de la ópera, dio prioridad a acelerar los ritmos que a que las cuerdas cantaran como sólo saben las orquestas centroeuropeas. Lo mejor, el cuidado acompañamiento en el aria de Mařenka, así como en el quinteto del tercer acto. En cuanto al coro que dirige José Luis Basso, sus integrantes estuvieron más acertados en lo vocal, con su acostumbrada musicalidad y una cuidada dicción, que en lo interpretativo -con movimientos coreográficos previsibles y simplones- y con una hiperactiva tendencia -ya detectada en anteriores producciones- a sobreactuar.

Del segundo reparto hay que hacer especial mención a Martin Winckler, con su habitual despliegue histriónico, como ya demostró recientemente en Madrid en sus interpretaciones de Waldner (Arabella de Richard Strauss) y Kovaliov (La nariz de Dmitri Shostakovich), ahora caracterizado como el ruin casamentero Kecal: todo un animal escénico que, con sus dotes actorales, compensa sus ya evidentes carencias vocales. La soprano Natalia Tanasii (Mařenka) sacó a relucir una no muy grande pero bellísima voz, aunque tuvo menos química con Sean Panikkar (Jeník, que destacó por su seguridad y en la bravura de su registro agudo en su aria del segundo acto), que con Moisés Marín (no sólo recreó el tartamudeo musical de Vašek con una facilidad pasmosa, sino que mostró una brillante y bien colocada voz y fue la gran revelación de la noche). Manel Esteve (Krušina) y María Rey-Joly (Ludmila), dos habituales en el género de la zarzuela, cumplieron con dignidad pese a una caracterización demasiado caricaturesca -especialmente grotesca el marido- que les lastró en lo vocal. Menos exagerado y más centrado en lo musical estuvo el otro matrimonio formado por Toni Marsol (Mícha) y Monica Bacelli (Háta), lo que repercutió positivamente en sus limpias líneas de canto. Jaroslav Brezina (clavó el pregón como Comediante, con precisión marcial, acorde al uniforme de domador que lucía), Rocío Pérez (una expresiva y pizpireta Esmeralda) y Ihor Voievodin (un Indio que intimidaba, con su registro grave y sus gruñidos) dignificaron los papeles secundarios del reparto.

En definitiva, un delicioso espectáculo que huye de planteamientos de trinchera, últimamente tan habituales, que se permiten el lujo de reescribir lo ya escrito para ajustarlo con calzador al relato actual dominante: por momentos parecía que algún diálogo («Prefiero permanecer / soltera eternamente», se lamenta Mařenka) iba a ser cancelado por machista y por coaccionar el empoderamiento femenino. Como cuando aquella directora escénica afirmó que «¡Por encima de su cadáver!» iba ella a consentir que la heroína de una ópera belcantista perdonara los desplantes de su prometido. O como cuando aquel regista decidió cambiar la letra de una zarzuela porque consideraba que tres viudas egipcias hacían apología del heteropatriarcado. Por eso, cien años después de su primera representación madrileña8, el montaje de Laurent Pelly y Gustavo Gimeno entusiasmó al público y explica a la perfección porqué Bohuslav Martinů, otro gran compositor y operista checo natural de Bohemia, afirmó que La novia vendida: «es la ópera de la felicidad humana».

Notas a pie de página:
Videobibliografía:
– José Luis Téllez: La novia vendida. Las charlas de Téllez. Teatro Real. Madrid, 2026.
– Joan Matabosch: El alma nacional checa. Teatro Real. Madrid, 2026.
– Santiago Martín: La aventura de Mařenka. El mundo de «La novia vendida». Teatro Real. Madrid, 2026.
– Rafael Valentín-Pastrana: Duquesa de Medina, tú me juraste amor… ¡y resulta que me llevas a un partido de fútbol! www.eltema8.com, 2026.
– Rafael Valentín-Pastrana: Abrazo de amor y de muerte bajo la luz de la luna checa. www.eltema8.com, 2020.
– Rafael Valentín-Pastrana: Los titanes de la composición en el siglo XX (7): Leoš Janáček. www.eltema8.com, 2014.
– András Batta/Sigrid Neef: Ópera. Könemann Verlagsgesellschaft mbH. Colonia, 1999.
– http://www.kareol.es/obras/lanoviavendida/acto1.htm
Nota: Las imágenes incluidas en este post de las representaciones y/o ensayos de Prodaná nevěsta / La novia vendida son © Javier del Real / Teatro Real. Madrid, 2026.



