Giacomo Puccini (1856-1924) había quedado fascinado con la obra en un acto Madama Butterfly del dramaturgo y productor teatral californiano David Belasco (1853-1931), tras asistir a una de sus funciones en el Duke of York’s Theatre de Londres durante 1900, cuando se había instalado en Reino Unido para preparar el estreno de Tosca. La pieza se basaba en un cuento de John Luther Long que, a su vez, bebía de las experiencias recogidas durante su estancia en Japón en 1887 por el célebre marino y escritor francés Pierre Loti, que en su cuaderno de bitácora narró la historia de un oficial de la marina americana, Pinkerton, que se había casado con una joven de Nagasaki, Cio-Cio-San, según una ley japonesa que permitía el repudio unilateral hasta un mes de la celebración del matrimonio temporal, tras lo que el marino volvió a su país. Al cabo de tres años, Pinkerton regresa como cónsul, casado con una americana y exige hacerse cargo del hijo común con la geisha japonesa que había nacido durante su ausencia. Butterfly (nombre con el que se había rebautizado a Cio-Cio-San tras el matrimonio de conveniencia), ilusamente confiada durante todo este tiempo en que su amado volvería con ella, entiende finalmente que ha sido traicionada y humillada y que, como rezaban las palabras escritas en el filo del cuchillo heredado con el que su padre se había hecho el harakiri, “Con honor muere, quien no puede conservar la vida con honor”, por haberse atrevido a transgredir las leyes en que se basa su milenaria cultura. Puccini, entusiasmado con la historia, ambientada (como la de su próxima Turandot) en el lejano oriente, acude al camerino de Belasco y cierra esa misma noche el acuerdo con él para convertir Madama Butterfly en ópera: «Le dije que podía hacer lo que quisiera con la obra teatral porque no es posible discutir de negocios con un impulsivo italiano que, con lágrimas en los ojos, te rodea el cuello con los brazos«, declararía años después el escritor y productor estadounidense, autor también de la obra La fanciulla del West, que Puccini convertiría en ópera en 1910.

La temática del enamoramiento de mujeres orientales con hombres occidentales llevaba atrayendo a los autores europeos desde finales del siglo XIX. Como recuerda Eva Sandoval en el programa de mano, hay antecedentes al personaje de Butterfly en notables óperas francesas: La africana (1865) de Giacomo Meyerbeer, Lakmé (1883) de Léo Delibes o, sobre todo, Madame Chrysanthème (1893) de André Messager. Y también, aunque desde un punto de vista más banal, el choque de culturas se había tratado en operetas inglesas más insustanciales musicalmente, como El mikado (1885) de Gilbert y Sullivan o La geisha (1896) de Sidney Jones. De todas ellas bebe Puccini, pero además se empapó en profundidad de las inflexiones del lenguaje japonés, de las esencias de su folclore y de sus sonoridades sensuales, recreando temas, ritmos y colores instrumentales originales de aquel país, adaptándolos a través de escalas pentatónicas, armonías hexatonales y acordes aumentados, y así hacerlos más asequibles al oído y gusto europeos. Siete músicas japonesas genuinas, entre ellas el himno imperial, se llegan a contabilizar en la ópera, más otros tantos temas propios pero construidos por Puccini «a la japonesa». Tras cuatro años de trabajo con sus libretistas Luigi Illica y Giuseppe Giacosa y, Madama Butterfly se estrena el 17 de febrero de 1904 en el Teatro alla Scala de Milán, cosechando el único gran fracaso de la carrera del operista de Lucca.

Puccini, que consideraba Butterfly su mejor melodrama y que confiaba en su gran olfato teatral, retira inmediatamente la obra y procede a su revisión a fondo. Tras pasar por probaturas intermedias para los teatros de Brescia, Buenos Aires y Londres, su versión final se estrena en la Opéra Comique de París el 28 de diciembre de 1906, aunque con textos en francés. La versión definitiva en italiano se programa en el Metropolitan de Nueva York el 11 de febrero de 1907, con Enrico Caruso en el papel de Pinkerton. Desde entonces, y sin interrupción, Madama Butterfly se ha convertido en una de las óperas más representadas de todos los tiempos y una de las favoritas del público de todo el mundo, gracias al proceso de evolución psicológica de la protagonista y al conmovedor dramatismo de la obra. Lo que se ha podido comprobar cien años después del fallecimiento de Puccini, que se celebra este 2024, con la entusiasta recepción del público del Teatro Real, como viene siendo costumbre desde el estreno madrileño de Madama Butterfly el 20 de noviembre de 1907.

Cuesta creer que Madama Butterfly no fuera un éxito desde su primera representación y que sufriera un calvario de tres años hasta su consolidación. Y es que la ópera es un imparable torrente melódico, con un eficaz uso dramático del leitmotiv (el tema de la boda, el de la carta, el del regreso…) y con continuos momentos sublimes como el extenso dúo de amor de más de quince minutos de duración entre Butterfly y Pinkerton que cierra el primer acto y donde se encuentra una de las más bellas estrofas escritas nunca para una ópera: «Bimba dagli occhi pieni di malia, ora sei tutta mia», ejemplo perfecto de “illicasílabo” (combinación de versos de once y siete sílabas que riman en asonante, ideada por la pluma de Luigi Illica), pura música sin necesidad de música y muestra del genio innato de Puccini para cerrar los actos en todo lo alto. Del segundo acto quedará siempre para el recuerdo el aria «Un bel di vedremo», en la que la infeliz nipona expresa su confianza en el regreso de su esposo americano. Y, por supuesto, la redención de Cio-Cio-San en la estremecedora aria final, «Con onor muore», con la que, en palabras de Joan Matabosch, «Butterfly pone fin al insensato sueño occidental que la ha poseído y recupera el mundo japonés que le es propio» y que constituye uno de los más excelsos ejemplos de porqué la ópera es la más sublime de las bellas artes.

En el foso Nicola Luisotti, especialista en el repertorio italiano, concertó atenta y delicadamente a cantantes y orquesta, como es su costumbre, salvo desajustes con los metales en el segundo acto. José Luis Basso consiguió que su coro arrullara convincentemente la inolvidable melodía, sin palabras y a boca cerrada, de la vigilia de espera. Destacó en el segundo reparto como Cio-Cio-San la mexicana Ailyn Pérez, ofreciendo lo mejor de sí en ese momento de pura suspensión pucciniana que es la presentación de Butterfly, recorriendo una plataforma en alto y descendiendo de manera impactante por una escalera. Una voz potente, correctamente fraseada y bien emitida, sólo empañada por cierta querencia a emplear el sprechgesang (melodía hablada), un recurso que no encaja bien en un role básicamente belcantista como el de Cio-Cio-San; Charles Castronovo fue un discreto Pinkerton, con una voz no del todo limpia, aunque cumplió en el exigente dúo con la geisha (a pesar de estar posicionados absurdamente en el decorado, separados uno del otro durante casi toda la escena) del primer acto; la agradable sorpresa la dio Nino Surguladze (como Suzuki) con un buen centro de mezzo y Gerardo Bullón (como Sharpless) confirmó su seguridad, solvencia y musicalidad para este tipo de papeles no protagónicos. Muy justo en el agudo y de timbre poco agradable Moisés Marín en el antipático papel de Goro y cumplidor el bajo George Andguladze en su breve pero agradecida intervención como el Tío Bonzo.

En lo escénico, Madama Butterfly está dirigida por Damiano Michieletto, ya que la presente producción proviene del Teatro Regio de Turín. Su idea es loable: transformar una reprobable y concreta práctica del colonialismo norteamericano (los usos y abusos amatorios de los marineros de la Sexta Flota en cada puerto a finales del siglo pasado) en un problema más universal y actual: en las grandes urbes asiáticas, no necesariamente japonesas, los turistas y depredadores sexuales acechan a las incautas niñas, aprovechándose de que su anhelo es escapar de la miseria que las rodea y encontrar una vida digna. Y, sobre todo en el primer acto, se consigue lo que toda puesta en escena que saca de contexto la historia original debe aspirar a conseguir: incomodar, perturbar y hacer reflexionar. Sin embargo, la cosa no termina de funcionar por una serie de detalles:

Rafael Valentín-Pastrana
Videobibliografía:
– José Luis Téllez: Madama Butterfly. Teatro Real. Madrid, 2024.
– Joan Matabosch: Rodeada de depredadores. Teatro Real. Madrid, 2024.
– Damiano Michieletto: Las alas rotas de Butterfly. Una tragedia contemporánea. Teatro Real. Madrid, 2024.
– Eva Sandoval: «Madama Butterfly», o cómo disimular el maltrato entre flores de cerezo. Teatro Real. Madrid, 2024.
– Rafael Valentín-Pastrana: «Turandot»: hasta aquí llegó el maestro Puccini. www.eltema8.com, 2023.
– Rafael Valentín-Pastrana: ¡Qué helada manecilla! www.eltema8.com, 2021.
– Rafael Valentín-Pastrana: Éste es el beso de Tosca. www.eltema8.com, 2021.
– András Batta/Sigrid Neef: Ópera. Könemann Verlagsgesellschaft mbH. Colonia, 1999.
– Elvio Giudici: Una galería de personajes femeninos. Salvat S.A. de Ediciones. Pamplona, 1982.
– Gonzalo Alonso: Puccini, cantor de las cosas pequeñas. Salvat S.A. de Ediciones. Pamplona, 1984.
– http://www.kareol.es/obras/madamabuterfly/acto1.htm
Nota: Las imágenes incluidas en este post de las representaciones y/o ensayos de Madama Butterfly son © Teatro Real / Javier del Real. Madrid, 2024.



