Ariadna y Barbazul, cuento musical en tres actos que tuvo su estreno en la Opéra-Comique de París el 10 de mayo de 1907 (y, relativamente, poco después en este Teatro Real, el 15 de febrero de 1913), podría ser la obra maestra por la que Paul Dukas (1865-1935) hubiera pasado a la posterioridad. Pero, por dicha o por desdicha, ahí está el scherzo para orquesta L’Apprenti sorcier / El aprendiz de brujo1 (1897) para impedírselo y dejarle marcado para la posteridad como autor de una única obra. Dedicado básicamente a la crítica musical y a la docencia (entre sus alumnos se encuentran compositores de la talla de Olivier Messiaen, Carlos Chávez, Walter Piston o nuestro Joaquín Turina), la posteridad no ha sido del todo justa con Paul Dukas ya que su catálogo, de por sí escueto, alberga sin embargo, aparte de las dos ya mencionadas, obras tan conseguidas como el ballet La Peri, la obertura orquestal Polyeucte, la Sonata para piano en mi bemol menor o la Sinfonía en do mayor.

Ariadna y Barbazul parte de una balada popular que Charles Perrault (1628-1703) había transformado en el cuento La Barbebleue en 1697. Maurice Maeterlinck (1862-1949), premio Nobel de literatura en 1911 e instigador del proyecto, adapta el cuento de Perrault, escribe el libreto de la ópera2, escoge -después de barajar otras opciones, como la del noruego Edvard Grieg- al compositor Paul Dukas y, sólo después, lo convierte en drama teatral. Aunque a la ópera se le reprochó su falta de teatralidad y se la etiquetó como «poema simbólico», su estreno fue bien recibido tanto por celebridades conservadoras (Gabriel Fauré) como por las figuras de la vanguardia del momento (Arnold Schönberg o Alban Berg), que destacaron de Ariane et Barbe-Bleue su acertado tratamiento de las inflexiones de la lengua francesa y su imponente orquestación. Joan Matabosch en el programa de mano lo resume en «un despliegue fastuoso del canto y el placer sensorial de la voz humana desplegándose sobre una orquesta torrencial».

Ariadna es, «una mujer arrolladora, libre, que se encara al rumor de las atrocidades que se atribuyen a su marido, como haber asesinado a sus esposas anteriores; y que, cuando descubre su crueldad, se opone a la tiranía que ha ejercido sobre sus mujeres y aboga por liberar a las víctimas», escribe Matabosch. Éstas son Sélysette, Ygraine, Mélisande, Bellangère y Alladine, las cinco3 esposas anteriores de Barbazul, mientras Ariadna será la sexta. Cuando la protagonista de la ópera descubre los vicios de su marido, se conjura para liberarlas a todas. Y Ariane abandona a Barbe-Bleue, aunque no consigue que sus anteriores mujeres sigan sus pasos por «una especie de sumisión, de costumbre, de dependencia psicológica, que no les permite dejar este entorno», como se ha encargado de transmitir el director de escena Àlex Ollé4 para que su montaje se entienda. Aunque no hace falta darle muchas vueltas para darse cuenta de que Ariadna y Barbazul es una ópera feminista, Ollé insiste en que «Barbe-Bleue es aquí mucho más un síntoma que una enfermedad, porque el enfermo es finalmente el sistema». Es decir, el socorrido señalamiento del heteropatriarcado como culpable de la violencia de género (algunas han sido agredidas durante años, con marcas de golpes en cara y brazos, otras han perdido la cordura…) que se ejerce contra las mujeres.

Al margen del inevitable -en estos tiempos- discurso sobre el empoderamiento femenino a que da pie una historia como la de Perrault y Materlinck, la puesta en escena del siempre provocador Àlex Ollé, contiene un buen puñado de aciertos:

En esta nueva producción del Teatro Real, en coproducción con la Opéra National de Lyon fue todo un lujo contar al frente de la orquesta a un director de la trayectoria de Pinchas Steinberg, el gran triunfador de estas representaciones por saber sacar de la Orquesta Titulares del Teatro Real el aroma impresionista y las densidades cromáticas salidas de la paleta orquestal de Paul Dukas. Mientras que el coro de José Luis Basso combinó eficazmente los sutiles rumores de los lugareños del principio de la ópera con momentos fieros y ominosos durante la captura de Barbazul.

Del reparto femenino, todo él muy acertado y equilibrado, destacaron las mezzosopranos Paula Murrihy (una Ariadna de menos a más en su dificilísimo y agotador role), Silvia Tro Santafé (como la estajanovista Aya, magnífica en su narración de la detención final de Barbazul) pero, sobre todo, Aude Extrémo (con una profunda y gutural voz para Sélysette) y la soprano Jaquelina Livieri (una Ygraine de agudos impecables). Una pena que el papel de Barbazul sea tan breve, porque el bajo Gianluca Buratto lució unos poderosos graves. No desentonaron las otras esposas, las sopranos Renée Rapier (Bellangère) y Maria Miró (Mélisande). Todas ellas dignificaron y ennoblecieron Ariadna y Barbazul, una obra maestra de su momento, sin necesidad de proyecciones fantaseadas a posteriori.

Notas a pie de página:
Videobibliografía:
– José Luis Téllez: Ariadna y Barbazul. Las charlas de Téllez. Teatro Real. Madrid, 2026.
– Joan Matabosch: El miedo a la libertad. Teatro Real. Madrid, 2026.
– Rafael Fernández de Larrinoa: Una ópera feminista para una Francia fracturada. Teatro Real. Madrid, 2026.
– Rafael Valentín-Pastrana: El castillo (con cabina telefónica) de Barbazul. http://www.eltema8.com, 2025.
– Rafael Valentín-Pastrana: Juana de Arco en la hoguera de la inquisición (francesa). http://www.eltema8.com, 2022.
– http://www.kareol.es/obras/adriana/acto1.htm
Nota 1: Este post, dedicado a Paul Dukas, constituye el número 78 de la serie sobre Los titanes de la composición en el siglo XX.
Nota 2: Las imágenes incluidas en este post de la representación y/o ensayos de Ariadna y Barbazul / Ariane et Barbe-Bleue son © Teatro Real / Javier del Real. Madrid, 2026.



