El Tema 8

El tema 8 es como el primer amor: no se olvida nunca.

«Bohemios» de Amadeo Vives: la zarzuela como trinchera

Amadeo Vives (1871-1932) siempre estuvo muy vinculado al Teatro de La Zarzuela: allí ejerció de empresario desde 1906 a 19091 y allí estrenó sus obras líricas más célebres, como Bohemios, zarzuela en un acto y tres cuadros con libreto de Guillermo Perrín (1857-1923) y Miguel de Palacios (1863-1920), que consagró al compositor natural de Collbató, Barcelona, desde su estreno en el coliseo de la calle Jovellanos el 24 de Marzo de 1904. Personalidad de gran peso en la cultura de la época, uno de sus compañeros de generación, el escritor José Martínez Ruiz Azorín, afirmaría que «como Darío de Regoyos era nuestro pintor, Amadeo Vives era nuestro músico«. Un músico que trató de dignificar y de enrasillar el género lírico español, fuera el que fuera el formato, como el de Bohemios, zarzuela breve rayando el Género Chico. En su ensayo Hora de la angustia o La viuda alegre (1927), Vives se posicionaría sobre el ninguneo a la zarzuela: «¿Qué es el género grande? El nombre zarzuela pertenece por igual a los dos géneros, chico y grande. El género grande no tiene nombre propio. El chico se ha formado de lo esencial del sainete». De hecho, en 1920 Vives encomendó a Conrado del Campo (1878-1953) que añadiera música a las partes dialogadas de Bohemios2 para que pudiera ser representada como ópera en el Teatro Real, aunque esta versión apenas ha tenido predicamento.

Bohemios, como Adiós a la bohemia (Pablo Sorozábal, 1933), tiene como claro modelo La bohème (1896) de Puccini. Así, la acción de la zarzuela de Vives se ubica, como en la inmortal ópera verista, en un París donde escritores, músicos y artistas de todo pelaje subsisten como pueden en torno a la estufa de una buhardilla, dando sablazos con todo el que se cruzan y tratando de encontrar un mecenas que les saque de la penuria. El Coro de la libertad de estos bohemios ya anticipa las dotes de Amadeo Vives para los fragmentos corales, que culminarán en el Coro de los románticos y en el Canto a la juventud de Doña Francisquita (1923), su obra maestra absoluta. Sin olvidar su pieza coral La Balanguera, que fue escogido como himno de la comunidad autónoma de las Islas Baleares.

Bohemios es la nueva producción del Proyecto Zarza, con el que el Teatro de La Zarzuela lleva desde hace unos años intentando atraer al público neófito al género, dando la alternativa a instrumentistas, cantantes, actores y técnicos principiantes. Con resultados dispares: lo que mejor ha resultado (El sobre verde en 2022) lo ha sido gracias a respetar en lo mollar el texto y la música originales; otras veces, como en Yo te querré (2023), se ha recurrido a mezclar números musicales de obras diferentes en torno a la socorrida trama de los entresijos, supuestamente ingeniosos pero embarullados y manidos hasta la saciedad, de una compañía teatral. En ediciones recientes se ha preferido «resignificar» o «transtemporalizar» la zarzuela y servirse de ella como altavoz para la propaganda de ciertas políticas: en El año pasado por agua (2024) se nos ha alertado del cambio climático y en La Gran Vía (2025) se nos ha concienciado sobre la especulación inmobiliaria. Y esta versión de Bohemios se vuelve a mover por la línea fallida, incluso empeorándola, de «darle una vuelta» al género, en palabras de su adaptador Nando López. El Proyecto Zarza, como concibe López a modo de cristalina declaración de intenciones, «debería transformarnos y hacer del mundo un lugar algo más habitable (…). Cuando nos amenazan tantos discursos de odio y viejos fantasmas que creíamos vencidos, esa bohemia beligerante y reivindicativa se nos antoja muy necesaria (…). Nuestros personajes no se conforman con cantarle al amor romántico, sino que enarbolan con orgullo la bandera del amor como unión, como solidaridad y como trinchera». En resumidas cuentas, la Zarza como experimento de ingeniería social para reeducar a las nuevas generaciones de aficionados a la zarzuela en el buen camino. Sonará fenomenal en las cabezas de sus promotores, pero no parece la mejor estrategia para revitalizar el género lírico español.

En esta ocasión, la directora de escena Nicola Beller traslada la acción a dos ambientes: el set de rodaje de una serie y la sala de teatro alternativo Sisterland autogestionada por un grupo de jóvenes activistas del colectivo LGTBI liderados por un ser de luz no binari@ de nombre… Luz de Bohemia (un hiperactivo Tony Iniesta que se ha tomado al pie de la letra -quizá demasiado- las indicaciones de los registas de ser el rey/la reina del cotarro), que se siente investido para salvar a la sociedad de un peligro imaginario mediante pancartas y diálogos plagados de clichés de lenguaje inclusivo (y, de paso, mirando por encima del hombro a los progenitores chapados a la antigua que no entienden a sus hijos y que les impiden volar libres) y, por supuesto, con el puño en alto. Consignas trasnochadas prematuramente que parecen tomadas de una asamblea de la Complutense presidida por aquellos políticos de extrema izquierda que iban a asaltar los cielos y renunciar a su sueldo, quedándose a vivir en su modesta casa de Vallecas, pero que luego lo pensaron mejor y fijaron su residencia en un chalet con parcela en una urbanización pudiente en Galapagar. Políticos de un partido supuestamente progresista y feminista que miró hacia otro lado y silenció las denuncias contra sus fundadores y dirigentes por usar y abusar de las mujeres. Todo con tal de “no dar alas a las derechas”. Estos Bohemios practican un continuo llamamiento al cordón sanitario contra los extremismos (de derechas, claro), heredados de aquella enloquecida alerta antifascista patentada por un político comunista (de momento retirado, pero que sigue adoctrinando en el guerracivilismo desde los medios) la noche en que un partido conservador, liberal y legalmente registrado en el Ministerio del Interior había recibido el incontestable apoyo de los votantes en las elecciones al Parlamento Andaluz. De aquella irresponsable fabricación de malvados enemigos inexistentes, que responde a la clásica técnica de crear falsos fantasmas para cohesionar al electorado de izquierdas, vienen estas soflamas con megáfono de quienes se autoatribuyen, sobreactuando, la condición de buenos y bondadosos.

Roberto (el compositor en el original Vives) es ahora actor y Víctor (el libretista) es ahora «rider» de Glovo (o sea, falso autónomo explotado por el capitalismo) con su mochila amarilla a cuestas y todo. Y los dos son pareja. Girard, que en el original de Perrín y Palacios era un don nadie liante que se hacía pasar por mecenas y en el que confiaban los ilusos bohemios, ahora es un malo malísimo al que no le falta detalle: empresario explotador, abusador sexual (mira por dónde el montaje de Bohemios ha resultado premonitorio, al coincidir por un escándalo de agresión sexual, violación y abuso de autoridad -mediante amenazas, coacciones y sobornos para tratar de que no trascendiera- del Director Adjunto Operativo de la Policía Nacional, nombrado por el presidente del gobierno Pedro Sánchez y mano derecha del ministro Fernando Grande-Marlaska, el mismo que un día fue valiente juez; un señor, el DAO, conocido como Jota y al que, según uno de sus subordinados, «le costaba subirse la bragueta»: eso sí que habrá sido un inesperado giro de guion que les habrá roto los esquemas a Nando López y Nicola Beller) y simpatizante neonazi (que en Alemania igual hay alguno, pero lo que es en España… De hecho al nuevo Girard se le retrata, selfie a toda pantalla incluido, portando no una esvástica nazionalsocialista, sino una enseña española preconstitucional; «¡Llevaba la bandera del pollo!” exclama, fingiéndose alarmado, uno de los personajes; expresión, por cierto, muy del equipo de opinión sincronizada que sigue al pie de la letra los guiones que les pasan desde Ferraz o Moncloa). Lo cual recuerda aquella célebre frase del filósofo Antonio Escohotado: «La extrema derecha no existe, es un invento de la extrema izquierda». Aunque ahora, para referirse a ella, se emplee el eufemismo de «el espacio a la izquierda de la izquierda».

En la escenografía, Carmen Castañón reutiliza mobiliario y materiales de los fondos del Teatro de La Zarzuela, siendo reconocibles elementos de recientes producciones como El Bateo o Pepita Jiménez. Y lo mismo hace Pier Paolo Álvaro con el vestuario… o con su ausencia, quizá para contribuir a la actual política del teatro de reciclaje en aras de “lo sostenible”: en la escena final todos los cantantes se desprenden de sus ropajes, quedándose en ropa interior. La iluminación, reutilizada de la de La Revoltosa, la firma Pedro Chamizo con algún acierto en el empleo de paneles translúcidos e Isabel Vázquez, al frente de la coreografía, lejos de lucirse con el bellísimo intermedio de reminiscencias moriscas prefiere, para mimetizarse con el relato, tirar de los manoseados movimientos espasmódicos propios de la batucada brasileña, tan apreciada por la extrema izquierda. La dirección musical y reorquestación corre a cargo de Julio César Picos, al frente de un reducido grupo de miembros (y miembras… no se vaya a ofender alguien) de la Joven Orquesta Nacional de España (JONDE), que mantuvo el tipo con solvencia y empaque, salvo el timbal que, con exceso de afán de protagonismo, se pasó de frenada. Cumplieron en los papeles principales Lucía Beltrán (Cossette) y Francisco Cruz (Roberto), mientras que del resto del reparto, Pablo Martínez Gil (Víctor) se maneja mejor rapeando que cantando, Julia Cervera Marsó (Pelagia) presagia una interesante tesitura de mezzo, mientras que Marta Esteban (Juana) y Catalina Geyer (Cecilia) desplegaron chispa y desparpajo.

El caso es que alguien ha debido proferir una maldición contra Amadeo Vives porque, tras los últimos montajes de sus obras en este teatro (no olvidamos la polémica versión de Doña Francisquita de 2019, a cargo de Lluís Pasqual y repuesta en 2024), debe estar revolviéndose en su tumba. Si don Amadeo, Perrín y Palacios levantaran la cabeza… les entrarían ganas de arrancar la zarza desde su raíz.

@rvpastrana

Notas a pie de página:

  1. La experiencia no le fue a Vives excesivamente bien, disolviendo la sociedad que había constituido con el autor de La corte de Faraón tres años después del inicio de su andadura. ↩︎
  2. Ésta no sería la única colaboración entre los dos compositores: en 1923 Del Campo reorquestaría algunos de los números musicales de Doña Francisquita de Vives. ↩︎

Bibliografía:

– Rafael Valentín-Pastrana: «La Gran Vía» de Chueca y la tabarra de la especulación inmobiliariawww.eltema8.com, 2025.

– Rafael Valentín-Pastrana: La censura sigue siendo un gran inventowww.eltema8.com, 2025.

– Rafael Valentín-Pastrana: ¡Aquí no hay quien hable! www.eltema8.com, 2024.

– Rafael Valentín-Pastrana: Chueca, Valverde y la matraca medioambientalwww.eltema8.com, 2024.

– Rafael Valentín-Pastrana: Si el maestro Alonso levantara la cabeza… www.eltema8.com, 2023.

– Rafael Valentín-Pastrana: Milagro en Madrid: «El sobre verde» de Jacinto Guerrerowww.eltema8.com, 2022.

– Rafael Valentín-Pastrana: ¡Qué helada manecilla! www.eltema8.com, 2021.

https://atodazarzuela.blogspot.com/2014/02/bohemios-libreto.html

Nota: Las imágenes incluidas en este post de los ensayos y/o funciones de Bohemios son © Elena del Real / Javier del Real / Teatro de La Zarzuela. Madrid, 2026.

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Esta entrada fue publicada en febrero 22, 2026 por en Música, zarzuela y etiquetada con , , , .

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